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Vamos a imaginar, ¿qué pasa en este escena? Como se darán cuenta esto es simplemente una prueba, para ver si puedo ubicar este formato de imagen (apaisada) en en recuadro grande superior. Si va, será que las imágenes a usar tendrán queconservar este estilo El autor de este cuadro es Felix Vallotton.
Es como si que te quitaran el aire que respiras, o como si alguien se metiera sin permiso en ese ultimo fuerte privado que atesoras dentro de tu mente o de tu corazon, ese unico lugar donde te permites con toda, absoluta, subliminal y brutal honestidad, ser tu misma. Escribir es como respirar. No escribir o dejar huella de lo que siento es como si se metieran dentro de ese fuerte, como si me negaran ser quien soy.No soy nadie especial, simplemente soy. Soy yo y lo que escribo, nada mas.
Veo que estás entrando Fernando. Es una plantilla super moderna. Te pido que subas un post... vas a ver que diferente a los comunes. Claro, que tampoco es fácil. Estoy acomodando en este momento los links, sobre los post. Creo que se puden colocar tantos de estos como artículos forme el número de la revista. Quiero ver como armar el carrousel y la imágen
Así habrá comenzado nuestra revolución, con una señora que en medio del fregado, se sentó a meditar.

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¿Qué le pasa?

Vamos a imaginar, ¿qué pasa en este escena?
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La naturaleza que nos robaron

ESPEJOS

13:17 Reporter: Luis Fernando Giucich 0 Responses


El mar tiene destellos
diamantinos.
Subversivo e indómito.
Inagotable y calmo.
Me seduce su fuerza de rompiente
entre los arrecifes de trigales
cuando atraviesa el verde
océano de espigas en sazón.
Sobre este acantilado
de horizontes tendidos,
ruge o se mece el mar.
Tan libre y hondo desde
el claro cielo.
En él se transparenta
como espejo invertido.
Y allí me pierdo
cuando canto a solas.





Efi Cuberos (España)

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10000 cafés

13:07 Reporter: Luis Fernando Giucich 0 Responses

 En la cafetería de los 10000 cafés 

las moscas hacen una escala técnica 
en su ruta hacia el próximo estiércol. 
Mi fe en el año 81 es ciega.
Por ahora
abastecer de combustible a las moscas
es suficiente.





Mario Montalbetti (Perú)

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Foto 1965

13:04 Reporter: Luis Fernando Giucich 0 Responses

 A las cosas no les importan los mortales. 

Ayer encontré esa foto 
que ni recordaba, 
y te juro que parecíamos tranquilos 
en ese simulacro del papel y de la luz. 





Fabián Casas (Argentina)



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La fórmula secreta

13:02 Reporter: Luis Fernando Giucich 0 Responses

 I

Ustedes dirán que es pura necedad la mía,
que es un desatino lamentarse de la suerte,
y cuantimás de esta tierra pasmada
donde nos olvidó el destino.

La verdad es que cuesta trabajo aclimatarse al hambre.

Y aunque digan que el hambre
repartida entre muchos
toca a menos,
lo único cierto es que todos
aquí
estamos a medio morir
y no tenemos ni siquiera
dónde caernos muertos.

Según parece
ya nos viene de a derecho la de malas.

Nada de que hay que echarle nudo ciego a
este asunto.

Nada de eso.
Desde que el mundo es mundo
hemos andado con el ombligo pegado al 
espinazo
y agarrándonos del viento con las uñas.

Se nos regatea hasta la sombra, y a pesar de 
todo así seguimos:
medio aturdidos por el maldecido sol
que nos cunde a diario a despedazos,
siempre con la misma jeringa,
como si quisiera revivir más el rescoldo.

Aunque bien sabemos
que ni ardiendo en brasas
se nos prenderá la suerte.

Pero somos porfiados.

Tal vez esto tenga compostura.
El mundo está inundado de gente como 
nosotros,
de mucha gente como nosotros.

Y alguien tiene que oírnos,
alguien y algunos más,
aunque les revienten o reboten 
nuestros gritos.

No es que seamos alzados,
ni es que le estemos pidiendo limosnas a la 
luna.

Ni está en nuestro camino buscar de prisa la 
covacha,
o arrancar pa'l monte
cada vez que nos cuchilean los perros.

Alguien tendrá que oírnos.

Cuando dejemos de gruñir como avispas en 
enjambre,
o nos volvamos cola de remolino,
o cuando terminemos por escurrirnos sobre 
la tierra
como un relámpago de muertos,
entonces
tal vez llegue a todos
el remedio.


II
Cola de relámpago,
       remolino de muertos.
Con el vuelo que llevan,
       poco les durará el esfuerzo.
Tal vez se acaben deshechos en espuma
       o se los trague este aire lleno de cenizas.
Y hasta pueden perderse
       yendo a tientas 
         entre la revuelta oscuridad.
Al fin y al cabo ya son puro escombro.
El alma se han de haber partido 
       de tanto darle potreones a la vida.
Pueda que se acalambren entre las hebras
heladas de la noche, 
O el miedo que los liquide
       borrándoles hasta el resuello.

San Mateo amaneció desde ayer con la cara
ensombrecida.
                         Ruega por nosotros.
Ánimas benditas del purgatorio.
                         Ruega por nosotros.
Tan alta que está la noche y ni con qué 
velarlos.
                         Ruega por nosotros.
Santo Dios, Santo Inmortal.
                         Ruega por nosotros.
Ya están todos pachiches de tanto que el sol 
     les ha sorbido el jugo.
                         Ruega por nosotros.
Santo san Antoñito.
                         Ruega por nosotros.
Atajo de malvados, punta de holgazanes
                         Ruega por nosotros.
Sarta de bribones, retahíla de vagos.
                         Ruega por nosotros.
Cáfila de bandidos.
                         Ruega por nosotros.
Al menos éstos ya no vivirán calados por el 
hambre.






Juan Rulfo (México)




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Romance de Koba el barbero

12:59 Reporter: Luis Fernando Giucich 0 Responses

 El Viejo está en una silla, con los músculos en calma. 

            Tiene los ojos cerrados. Es como si no escuchara
los pasos siempre furtivos
de su joven camarada, que se acerca por detrás
sosteniendo una navaja. 

No viene a cortarle el cuello
sino a afeitarle la barba.

Un escondite seguro, una choza de barriada. Es la 
            hora más oscura
antes de la madrugada. El Viejo, que no es tan viejo, 
            sentado en su silla, aguarda. Tras él, un hombre 
            de pie, viene a afeitarle la barba
y a ponerle una peluca
sobre la cabeza calva. Lo oculta de los gendarmes
y sus posibles redadas, lo deja irreconocible
y ni sus propias hermanas
podrían identificarlo
si ahora se lo toparan.

El Viejo, que no es tan viejo, con los músculos en 
            calma, parece no sospechar
que, en un lejano mañana, el hombre que tiene atrás, 
            sostenido otras navajas, vendrá a cortarles el 
            cuello
a treinta mil camaradas.

Pero hoy no viene a matarlo
sino afeitarle la barba. El viejo está una silla
con los músculos en calma.





Óscar de la Porta (México)



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Un texto de Patricia Esteban Erlés

10:18 Reporter: Luis Fernando Giucich 0 Responses

 Quizás no estaría tan contenta si mi vida hubiera sido otra, si los estímulos hubieran llegado desde otros lugares. Si no me hubiera picado la curiosidad todo lo que el ser humano es capaz de hacer, con lo poquita cosa que es, en realidad. Si mi abuelo me hubiera regalado un Quijote a los diez años o si.

Pero qué felicidad, también, esta, de haberte ido formando en una época en la que los cantantes bebían de poetas como de un agua muy limpia. Qué alegría haber participado de ese tiempo en que las letras de canciones eran de una belleza tan obvia que hubiera sido pecado, imbecilidad, no enamorarse, no aprenderlas de memoria y corazón, no buscar en ella el tesoro de la verdad que escondían. Cuánto me alegra que ahora, que tantos se ríen de los cantaplastas, como los llaman, se reconozca del valor de haber estado allí, creando y recreando, construyendo a partir del amor a los que dijeron antes, algo para los que vendríamos después. Qué consuelo encontré siempre en su voz, qué deleite sabertre cada día una estrofa más, un pequeño universo de verdad y hermosura que viene conmigo, como el legado generoso que nadie puede quitarte.
Me acuerdo de que cuando dejé de estudiar y estaba tan enfadada con el mundo en general y con la literatura en particular me prohibí leer libros. Para qué, me decía, si no van a servirme de nada. Y empecé a cuidar unos niños en una casa del centro, de esas que tenían una puerta para los seres humanos propiamente dichos y otra más pequeña para el servicio. Cuando salía del ascensor por las mañanas siempre estaba sonando Mediterráneo. Abría la puerta y allí estaba Serrat, recordándome que la literatura iba a atracarme a cada paso, que esperaba agazapada dentro de una cinta de cassette, a que yo apareciera. Y empezaba a recoger juguetes y los platos del desayuno preguntándome, aun sin querer, qué color sería ese, amarillo genista.
Y pensaba en lo fácil que era enamorarse de un personaje como el narrador de esa canción, que era hijo de un mar aparentemente manso pero mar, al fin y al cabo. Me deleitaba repitiendo lo del "llanto eterno que han vertido en ti cien pueblos" y lo de la mujer perfumadita de brea "que se añora y que se quiere, que se conoce y se teme, ayyyy". Tenía dieciséis años y fingía que nunca más leería ni creería en que era posible escribir mientras Serrat me cantaba al oído una sarta de metáforas y recorría la vida entera de un hombre que era de ese Mediterráneo en el que había nacido y en el que deseaba fundirse al final para no marcharse nunca. Y aprendí de memoria discos enteros, que sonaban sin parar en aquella casa. Aún me sé la Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández, aún me hace temblar en cada verso de ese cuento de amor al amigo muerto. Y sigue sin haber nada más bello que lo que nunca he tenido, y para la libertad sangro, lucho, pervivo, y quién fuese abrigo pa andar contigo. Y leía sin darme cuenta porque no se puede vivir sin la belleza de las palabras cuando te ha envenenado irremediablemente. Y aunque ahora esté muy demodé admirar a cantautores yo agradezco ese mundo y esa educación sentimental que en los últimos ochenta entraba en una vía auricular, casi sin sentir. Frases como aquella de Aute, Y el tiempo se peina con gesto de amante, que hacía que viera al tiempo, de verdad, peinando en la penumbra una larga melena con un peine de plata, de pie, desnudo, angélico, frente a un espejo, con la languidez de quien desea volver a acostarse en la cama, junto al cuerpo amado. Celebro que apareciera Sabina, con aquellas historias de princesas yonquis inolvidables, y ese Así estoy yo sin ti que estaba plagado de imágenes hermosas, tristes y humorísticas, urbanas y exactas. Yo, que estaba a dieta de literatura, leía y leía sin usar los ojos, creyendo mi propia mentira, pensando que solo en los libros podía infectarme esa fiebre del lenguaje de la que nunca, menos mal, he podido curarme.
Hoy le han concedido el Princesa de Asturia a Serrat. Me quito el cráneo y lo celebro. Y le agradezco aquellas frías mañanas de invierno sin esperanza en las que escuchar su voz caprina era como sentir el aroma reconfortante del primer café del día.

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Un texto de Patricia Esteban Erlés

11:36 Reporter: Luis Fernando Giucich 0 Responses

 Aquel invierno fuimos amigas.

Tú eras la tía buena del colegio, más lista que el hambre y muy valiente, capaz de plantarle cara a cualquiera. Daba igual a quién, al odioso profe de Mates, al guapo del instituto que venía a verte en el recreo, al tonto del culo que empezó a llamarte "Montañitas" por puro despecho. Se volvían a mirarte por la calle y te daba lo mismo. Nunca dejaste de llevar aquellos vaqueros gastados y los viejos jerséis de punto que no podían quedarle a nadie más igual que a ti. Nos pasamos las tardes de diciembre y enero metidas en tu casa, porque era el lugar más divertido del mundo. Tenías una familia tan extraña que nos hubiéramos quedado allí sin dudarlo, para ver si con suerte nos convertíamos en alguien como tú. Tenías tantas cosas. Una parcela con jardín dividida en tres casitas. En una vivías tú, aislada del resto en tu dormitorio, tu cuarto de baño, tu sala de estar. Tu padre fumaba en pipa. Tu madre siempre llevaba los labios pintados de rojo. Tu hermano pequeño, el pobre Fran, nos espiaba a través de los visillos de la ventana. Tenías hasta un perro, aquel hermoso pastor alemán llamado Zar que jamás se acercaba a saludarnos, que parecía tolerarnos como a visitas demasiado frecuentes, inoportunas, con su porte estoico. Tu madre nos dejaba comer todos los bocadillos de nocilla y todas las cebolletas en vinagre que nos cupieran en la tripa. Teníaisuna estufa de leña que hacía que la casa entera oliera madera quemada. Pasábamos el rato probándonos ropa y sujetadores de tu hermana mayor, que casi nunca estaba. Bailando con los ojos cerrados mientras sonaba una canción de Michael Jackson. Las tres habíamos imaginado el mismo vídeo para esa melodía, eso nos contabamos una tarde: una mujer con un vestido blanco de vuelo giraba en una sala con suelo de ajedrez alejándose del infeliz de Michael, que bailaba detrás de ella, como en un sueño del que supiera que iba a ser expulsado en unos pocos segundos. Cuando empezó a hacer menos frío salíamos a jugar al descampado. Subíamos tapias, nos dejábamos caer subidas en una especie de trineo casero hecho con lonas y trozos de neumático por los barrancos de aquel barrio que parecía lindar con el fin del mundo. Pronto apareció por allí una bandada de chicos del colegio que estaban locos por tus huesos. A ratos dejábamos que estuvieran, a ratos los ignorábamos, sabiendo que así comenzaba un juego Y seguíamos viviendo la vida juntas hasta que anochecía, sin saber que no iba a ser así siempre.
Me parecías la persona más feliz y afortunada del universo. Siempre llevabas encima dinero para comprar dulces y pintalabios. Nada malo iba a pasarnos si estabas tú. No supimos nunca por qué cuando se acercó el final de curso decidiste que no vendrías al viaje de estudios. No nos explicaste por qué de pronto habías pensado que el instituto era una tontería y que al curso próximo ya no estaríamos juntas en la misma clase, protegidas de cualquier desastre por tu risa rota. Ofendidas, no preguntamos la tarde en que no te despediste oon un "hasta luego". Algo se quebró sin hacer ruido y eso es lo peor, no supimos en qué momento sucedió, solo que terminó octavo y ni siquiera nos dijimos adiós esa mañana de junio del último día de clase. Ahora intuyo que tuvo que ocurrir algo, pero entonces no encontramos el modo de preguntarte qué te pasaba, por qué no te reías tanto. Empezaste a llevar aquella minifalda vaquera que era un escándalo con piernas y nos distanciaba de ti, de tu cuerpo de mujer adulta. Me contaron tiempo después que estudiabas corte y confección, que tu hermanito no volvió del colegio una tarde y que horas más tarde apareció flotando en el canal, con los ojos abiertos. Te convertiste en un hermoso recuerdo que dolía y en el que preferíamos no pensar, del que nunca hablábamos, eso también es raro. Nunca más volvimos a mencionar tu nombre, tu casa, la forma en que te reías de todo, tus jerséis de hombre, tu huida hacia delante.
Pero aquel invierno, eso sí lo sé, fuimos amigas.

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